Fertilización Asistida. Fuente TN noticia

Quiso tener un hijo con el esperma de su esposo muerto, pero la Justicia
no la autorizó

La jueza sostuvo que su pareja no había prestado su consentimiento para ser padre. Expertos aseguran que el tema no está legislado.

Un caso que parece de ciencia ficción pero que fue real. Una mujer quiso engendrar un hijo con el semen de su marido muerto, pero la Justicia denegó su pedido ya que señaló que su pareja no había dado su consentimiento.}

El hombre había congelado su esperma antes de comenzar quimioterapia. A los pacientes de cáncer los médicos suelen recomendarles congelar semen -u óvulos en caso de pacientes mujeres- para preservar la capacidad reproductiva, que puede quedar afectada después del tratamiento.

Ése fue el caso del “señor T”. “El médico de cabecera, al indicarle que tenía que efectuarse el tratamiento de quimioterapia a causa de un cáncer detectado, le anticipó que tal práctica era sumamente invasiva y que podía afectar su capacidad reproductiva. Que por tal motivo, la aquí peticionante y el señor T. decidieron proceder a la criopreservación de semen de aquél”, dice el pedido que presentó la mujer ante la justicia porteña.

La Justicia argentina recibió ocho pedidos similares desde 2011 (Foto: Shutterstock)
La Justicia argentina recibió ocho pedidos similares desde 2011 (Foto: Shutterstock)
El “señor T” no sobrevivió y murió. Por eso, tras un tiempo, su esposa quiso utilizar el semen preservado para inseminarse y tener un hijo de él, que sería el primero para ambos.
Para eso, tuvo que solicitar a la Justicia Civil autorización para la práctica de Fertilización Post Mortem​ (FPM), pero el fallo, emitido en febrero, fue un revés para ella.
La jueza Myriam Cataldi, del Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil Nº 7 basó su decisión en que no había “consentimiento informado expreso” del cónyuge para autorizar la FPM.
Para la magistrada, autorizar el proceso hubiera afectado “a todas luces, los derechos personalísimos del difunto, entendidos como aquellos que están íntimamente ligados con la persona y que son, por naturaleza, inherentes a ella y su dignidad, a la vez que intransmisibles”.

Los médicos recomiendan a los pacientes con cáncer conservar gametos (Foto: Shutterstock)
Los médicos recomiendan a los pacientes con cáncer conservar gametos (Foto: Shutterstock)
Por eso, a pesar de que la mujer “se encuentra pagando mensualmente el abono a fin de mantener la criopreservación de gametos”, el fallo ratifica que ninguna decisión personalísima puede ser tomada “sin la opinión ni actuación de su titular”.

Un vacío legal

Durante las casi 50 páginas, el fallo se explaya sobre el debate bioético en cuestión, y concluye que sobre la Fertilización Post Mortem existe un vacío en la normativa, que deja cada caso librado a la discrecionalidad de los jueces.
Por eso, la jueza Cataldi elevó un pedido a los legisladores nacionales. “Se está ante una laguna del derecho en una temática que es de gran importancia y que, mal que le pese a los legisladores, existe en el mundo real; razón por la cual -a mi criterio- resulta imprescindible que la FPM sea expresamente regulada, estableciendo los requisitos que la legislación considere pertinentes, siendo respetuosa de los derechos de todos los involucrados”, considerado
La idea fue apoyada por Marisa Herrera, doctora en Derecho (UBA), investigadora independiente del CONICET, especialista en Derecho de Familia y una de las redactoras del nuevo del Código Civil y Comercial de la Nación. “La filiación post mortem es una figura que quedó sin regular”, dijo a Clarín.
“Es una cuenta pendiente y este tipo de fallos dan cuenta de la necesidad de llenar este vacío legal, a fin de evitar conflictos que se tengan que dirimir en la Justicia”, agregó.

En el caso del “señor T”, Herrera coincidió con el fallo de Cataldi. Uno de los argumentos de peso es que el “consentimiento informado expreso” no puede reemplazarse con el “consentimiento presunto”.
La “presunción”, indicó Herrera, conduciría a una inseguridad jurídica, que repercutiría en temas como el derecho hereditario y el apellido. “La libertad es el derecho que está en todos los temas, tanto en el derecho a la reproducción como a la no reproducción”, agregó.

Un pedido recurrente

La Justicia argentina recibió, desde 2011, ocho pedidos de Fertilización Post Mortem con distintas técnicas de reproducción humana asistida. Cuatro fueron solicitudes por gametos congelados o criopreservados (tal es el caso de la esposa del “señor T”), dos por embriones, también criopreservados, y en otros extracción compulsiva de semen de la persona fallecida (con consentimiento previo).
Si bien el tema quedó sin legislar, como indicó Herrera, sí ha sido abordado por investigaciones, por ejemplo en la Facultad de Psicología de la UBA.
Juan Michel Fariña, titular de la materia “Psicología, Ética y Derechos Humanos”, opinó al respecto: “La ciencia está para permitirnos afrontar la adversidad con nuevos recursos. La ética ​es justamente el dispositivo de pensamiento que permite dirimir cuándo aplicarla y cuándo no. La oportunidad de que una madre recupere el valor y la función de un padre que no está físicamente representa un gesto que no debe ser desestimado”.

Pero así como la jueza, la experta consideró que el deseo de transmitir un legado es clave: “La fecundación post mortem se aplica en casos en los que existe la voluntad procreacional pero que, por una fatalidad, ésta se vio impedida. En este caso, si bien el padre falleció, se espera que la madre transmita la función y el legado de este hombre al hijo o hija por venir”.
Sin embargo, advirtió que “es un recurso de aplicación compleja desde el punto de vista psicológico”. “Lo aconsejable es la espera de un tiempo de al menos dos años entre el fallecimiento y la gestación, para asegurar que el trabajo de duelo pueda realizarse, de modo de ofrecer las mejores condiciones psicológicas para la aplicación de la tecnología”, indicó

En debate: Feminismo y técnicas reproductivas. Noticia de La Voz del Interior

El libro En el vientre de otra, de la socióloga Laura Corradi, se suma a las discusiones desde la perspectiva de género sobre los avances en la medicina reproductiva.

Hace unos días, se conoció la noticia de que se está desarrollando en Córdoba una técnica para futuros trasplantes de útero. De tener éxito, sería una posibilidad para que mujeres que no pueden tener hijos (porque nacieron sin útero o tuvieron que quitárselo a causa de enfermedades o por complicaciones posparto) puedan gestar.

La técnica ya se ha realizado en otros lugares del mundo, la mayoría de las veces con úteros de donantes vivas y, en muy pocos casos, con órganos de donantes fallecidas.

Además, en 2020 se podría realizar en Rosario el primer trasplante de útero de Argentina. Si bien la Ley de Fertilización Asistida en Argentina no prohíbe el trasplante de útero, tampoco lo especifica. La aprobación dependerá, según precisó a los medios el médico que llevaría a cabo el transplante, el sueco Mats Brännström, del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai).

Las discusiones en torno a las técnicas reproductivas suelen ser temas de arduos debates no sólo desde el campo de la medicina, sino también desde la bioética.

¿Pero qué aportes y miradas pueden sumar los feminismos a estos temas, que involucran, entre otros, a la donación de espermatozoides y óvulos, el congelamiento de embriones o la subrogación de vientre?

Abrir la discusión

Sobre este tema discurre el libro En el vientre de otra (editorial Gorla), un ensayo de la investigadora y socióloga italiana Laura Corradi que problematiza la cuestión y sostiene que la discusión sobre la reproducción no debe ser monopolio de científicos y especialistas, sino que debe abrirse al campo de las ciencias sociales y la sociedad.

Corradi comienza repasando cómo en ciertos países de Europa se dieron las reflexiones primeras en torno a las tecnologías reproductivas. Y evoca que hubo una mayoría feminista que tuvo una posición favorable a ellas por tres cuestiones: para combatir la intromisión de la Iglesia Católica (que se oponía por cuestiones morales y religiosas), para sostener una interpretación de la idea de libertad entre mujeres occidentales (cuestionada por feministas de color que critican los privilegios de las mujeres blancas occidentales) y, sobre todo, menciona un último punto: el entusiasmo a veces acrítico que generan las noticias médicas.

Miradas diversas

La autora también repasa diferentes posturas dentro de corrientes feministas en torno a estos temas y aborda cuáles son los argumentos de un grupo que denomina “pro-tecnología”, y los del grupo que la rechaza, muchas veces alineado con un feminismo radical.

De un lado, las teóricas “pro-tecnología” sostienen que se podría así habilitar una sociedad más democrática e inclusiva porque las nuevas tecnologías reproductivas permiten, además de los concretos avances médicos, ampliar la idea de reproducción por fuera de la pareja heterosexual y del tradicional concepto de matrimonio.

Así, por ejemplo, la subrogación de vientre permitiría también pensar en otros modelos de familia, en otras prácticas de cuidado y de crianza. Sin embargo, varias de las teóricas de este grupo admiten que existe un problema de clase, dado el alto costo que suelen tener estas tecnologías.

De la vereda de enfrente estarían aquellas feministas radicales que se oponen a las tecnologías de reproducción o “ingeniería genética” porque la perciben como una demanda de fertilidad de mujeres con privilegios de clase, que muchas veces se logra a costa de ciertas formas de violencia perpetradas en otras mujeres.

También son críticas con las prácticas médicas que consideran “invasivas” para los cuerpos de las mujeres y, entre otras cosas, a lo que evalúan como la concepción mercantilista del cuerpo de la mujer. También señalan la manera en la que las empresas privadas que trabajan en estos temas “mercantilizan” las técnicas: congelamiento de óvulos, bancos de esperma, clínicas, abogados.

Por supuesto que no todas las técnicas se prestan a la misma vara de análisis, y cada país y región tienen sus propios momentos de discusión, sus propias leyes, y sus particulares tradiciones humanas y culturales.

Pero lo que plantea Corradi en su libro (que no se para en un lugar prohibicionista) es que la discusión en torno a la aplicación de estos métodos no puede limitarse a una discusión de ciencia y de salud, sino que debe involucrar a otros campos de las ciencias sociales y de la sociedad.

Y, también, a otros actores involucrados. En este tema, la autora señala, incluso, que gran parte de la discusión feminista se limita a las mujeres que recurren a estas técnicas y olvidan a largo plazo los efectos en niñas y niños, mujeres donantes y subrogantes.

JULIANA RODRÍGUEZ
Domingo 08 de septiembre de 2019 – 00:01 | Actualizado: 08/09/2019 – 00:18